Me instalo al final de una enorme cristalera y me pido un té.
Fuera, un ir y venir de gentes, andan deprisa como si fueran a realizar la última gestión de su vida. Sólo los detiene la autoridad del semáforo teñido de rojo. Una pausa necesaria para mirar el reloj, recolocar habilmente paquetes y bolsas llenas de sueños y seguir corriendo
Las luces se han encendido, abortando los últimos resplandores que nos quiere dejar el día. Tienen prisa por crear ese mundo irreal de colores en el que todos nos movemos con más inconsciencia, si cabe.
Sus parpadeos constantes contribuyen a que nuestra mirada cambie continuamente de escenario, sin detenerse demasiado en ninguno de ellos.
Papà Noel está por todas partes y hace sonar la campanilla para servir de reclamo a los viandantes que pasan rápidos ante aquellos comercios que los han contratado para que los inciten a comprar.
Mientras los altavoces, orientados hacia la calle, emiten villancicos de todo tipo para que ninguna de las personas que pasan por allí, en ese momento, quede excluida por su preferencia musical.
Pinos lujosamente decorados con guirnaldas, dan la bienvenida a los posibles compradores que atraviesen las puertas.
Para que no falte nada, en una esquina del escaparate, aparece timidamente el portal de Belén con un niño desnudo, como el hijo de esa jovencísima rumana que está sentada en el ángulo de la calle, hasta que la policía municipal venga a echarla porque la mendicidad no vende.
El té queda intacto.
Pienso que... mejor me lo tomo en casa.


















